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Palabras al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de las Américas

Me encuentro profundamente conmovido. No sólo es la gran distinción que se me acaba de conferir al otorgarme un grado honorífico, es también estar en una ceremonia de la Universidad de las Américas, institución de tanto renombre y de tan bien ganado prestigio en el país y en el extranjero. Es estar frente a las personalidades universitarias que, con su esfuerzo y entusiasmo, han hecho de esta casa de estudios lo que es hoy en día. Es estar, en fin, acompañándolos en un acto que para muchos de ustedes significa tanto. Un evento en el que se festeja la culminación de una tarea, y la iniciación de otra. Un acto de despedida, pero también de bienvenida.

Sin título, sobre la necesidad de ser más productivos para remediar los problemas que aquejan a la población mexicana

Esta es una noche de celebración, jóvenes amigos. Festejan su recepción profesional. El día de hoy se les otorga un título; culminan sus muchos años de estudio. Esta noche, frente a muchas de sus personas queridas, coronan con éxito lo que tanto trabajo les ha costado.

Instituto Tecnológico de Monterrey. Graduación de la Generación 1969

Me honra y emociona este acto. Es la ceremonia; es el recinto; son los participantes; son los asistentes. Me entusiasma que el evento tenga lugar en Monterrey, ciudad que se ha convertido en un verdadero símbolo de lo que puede hacer el esfuerzo y el tesón de los mexicanos. Me anima que participen ochocientos de los jóvenes más capacitados del país. Y que hayan sido entrenados en el Instituto Tecnológico de Monterrey, auténtico modelo de lo que debe ser un centro de enseñanza superior en México.

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