México ha avanzado aceleradamente en años recientes y no es siquiera necesario asomarse a las estadísticas para aquilatar este desarrollo. Signos visibles abundan por doquier: las plantas industriales han erizado nuestros paisajes de enormes chimeneas; las construcciones más modernas parecen multiplicarse en nuestras ciudades; las vías de comunicación han llegado a constituir una gigantesca telaraña, a través de cuyos hilos fluye la vida económica nacional; gracias a las obras de irrigación, donde antes había desierto, hoy existe el vergel, donde antes había miseria, hoy predomina la prosperidad. En términos generales, el mexicano actual vive mucho mejor que sus padres y, significativamente, parece estar decidido a lograr que sus hijos tengan aun condiciones mejores.