Aprecio mucho esta oportunidad que me brinda el III Congreso Mundial de Ejecutivos de Finanzas, para expresar algunas ideas en torno a asuntos cuyo examen público es muy conveniente en los días que corren. No es casual, seguramente, que México haya sido elegido como sede de este importante congreso. Los logros del país en las tres últimas décadas en materia de desarrollo económico —reconocidos mundialmente—; el impresionante crecimiento de su sistema financiero, y la patente preocupación nacional por corregir algunos desequilibrios —el de balanza de pagos, muy señaladamente— con la idea de preservar la estabilidad monetaria y cambiaria, son puntos sin duda, cuyo interés va más allá de nuestras fronteras.