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Crecer con bienestar
Roberto Vélez Grajales1
Hace unos días, la presidenta Claudia Sheinbaum se reunió con un grupo de economistas para reflexionar sobre el reto del crecimiento económico en México. La reducción de la pobreza observada en los últimos años es una buena noticia, pero difícilmente será sostenible mientras casi el 30 % de la población permanezca en esa condición y el país no logre una trayectoria de crecimiento sostenido. El crecimiento económico no es un fin en sí mismo, sino un medio para ampliar el bienestar y las libertades efectivas de las personas. En ese sentido, el desafío para México consiste en impulsar un crecimiento incluyente que genere movilidad social, permita aprovechar mejor su capital humano y que, mediante políticas públicas adecuadas y una mayor inversión, se traduzca en la creación de empleos de calidad que hagan posible una participación más amplia en los beneficios del desarrollo económico.
Amartya Sen, premio Nobel de Economía, ha señalado que, aunque el crecimiento económico y el aumento de los ingresos no son un fin en sí mismos, mantienen una relación estrecha con el bienestar. En particular, Sen señala que resulta difícil imaginar un escenario en el que una expansión de la “opulencia” no tenga efectos positivos sobre las condiciones de vida de las personas. Desde esta perspectiva, el bienestar no se deriva mecánicamente de la producción agregada, pero sí constituye una condición necesaria para que las personas cuenten con mayores libertades efectivas para decidir quiénes quieren ser y qué quieren hacer con sus vidas. El planteamiento de la presidenta Sheinbaum recoge esta idea: el crecimiento económico cumple una función instrumental cuyo objetivo último debe ser el bienestar de la población mexicana.
Potenciar el crecimiento económico en México no es una tarea sencilla. En la historia reciente del país, los periodos de crecimiento sostenido han sido más bien la excepción. De acuerdo con el análisis de Graciela Márquez, el mayor dinamismo económico de la etapa posrevolucionaria se registró entre 1949 y 1981. Fue precisamente en 1980 cuando el PIB per cápita de México alcanzó su mayor nivel relativo frente al de Estados Unidos, con una proporción del 33 %, que para finales del siglo XX se había reducido a 23 %.
En lo que va del siglo XXI, México no ha logrado consolidar una trayectoria sostenida de crecimiento. No obstante, existen avances que sugieren un margen importante para generar mayor valor agregado. Entre 2000 y 2024, la escolaridad promedio de la población pasó de 7.3 a 10.1 años, y la población aumentó de 100 a 130 millones de personas, con una edad promedio que pasó de alrededor de 22 a 30 años. En síntesis, hoy contamos con una población más numerosa, con mayor nivel educativo y en una etapa de la vida propicia para participar de manera sostenida en el mercado laboral.
A pesar de ello, persisten obstáculos estructurales que impiden aprovechar plenamente este capital humano. Un ejemplo claro es la baja participación laboral de las mujeres. Según datos de la ENOE, esta apenas aumentó seis puntos porcentuales en los últimos veinte años, al pasar de 40 % a 46 %. Aunque la brecha respecto a los hombres se ha reducido, aún ronda los 30 puntos porcentuales. Esto ocurre en un contexto en el que las mujeres han reducido de manera significativa la brecha educativa con los hombres, al pasar de 0.7 a 0.2 años de escolaridad promedio.
En suma, el reto del crecimiento económico en México no radica únicamente en elevar las tasas de crecimiento, sino en asegurar que este se traduzca en mayores niveles de bienestar y movilidad social. Aprovechar plenamente el capital humano con el que hoy cuenta el país exige remover los obstáculos que limitan la participación laboral, en particular de las mujeres, y ampliar de manera sostenida la inversión pública, orientándola de forma que incentive la inversión privada. Solo así será posible avanzar hacia un crecimiento más incluyente y sostenible.
* Director Ejecutivo del CEEY. Columna publicada originalmente en Reforma el 27 de enero de 2026.


