Foto: Archivo CEEY
¿Quién cuida?
Roberto Vélez Grajales*
He señalado que uno de los obstáculos para que las personas aprovechen plenamente sus talentos es la baja participación laboral de las mujeres. Detrás de este fenómeno hay un factor que rara vez aparece en las discusiones sobre el crecimiento económico: la forma en que se organiza el cuidado. El reciente Informe de movilidad social y cuidados: un vínculo inseparable, del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), invita a mirar este tema desde otra perspectiva: la organización social del cuidado también influye en las oportunidades de las personas y, por esa vía, en sus posibilidades de movilidad social. En otras palabras, ampliar las oportunidades de movilidad social también exige replantear la forma en que la sociedad —y el Estado— asumen la responsabilidad del cuidado.
El informe parte de un hecho: en México, la responsabilidad del cuidado recae mayoritariamente en las mujeres. Ellas representan el 76 % de las personas cuidadoras. A partir de ahí, el análisis muestra cómo esta distribución tiene implicaciones importantes para las trayectorias educativas, laborales y las oportunidades de movilidad social de quienes realizan estas tareas. Por ejemplo, entre las personas con origen educativo más bajo, las cuidadoras presentan un menor avance educativo que quienes no realizan labores de cuidado. Esto refleja cómo las responsabilidades de cuidado pueden limitar el tiempo disponible para continuar estudiando, con efectos que se acumulan a lo largo de la vida.
Este patrón también se observa cuando la movilidad se analiza a partir de los recursos económicos. Un menor avance educativo limita las oportunidades de acceso a mejores empleos e ingresos, lo que se refleja posteriormente en los resultados de movilidad económica. Entre las personas que nacen en hogares ubicados en el grupo de menores recursos económicos, el 73 % de quienes realizan labores de cuidado permanece en dicha parte baja, una proporción mayor que la observada entre quienes no realizan estas tareas (64 %). Esto sugiere que cuando las responsabilidades de cuidado se distribuyen de manera desigual en los hogares, quienes asumen estas tareas enfrentan mayores restricciones para participar en distintos mercados y construir trayectorias que les permitan superar la condición socioeconómica de desventaja de origen.
Este efecto no solo se relaciona con la forma en que se distribuye el cuidado en los hogares, sino también con las condiciones institucionales que existen fuera de ellos. En localidades sin disponibilidad de servicios de cuidado, el 79 % de las personas con origen en el grupo de menores recursos económicos permanece en él, mientras que en localidades donde sí existen estos servicios, esa proporción se reduce al 59 %. Además, aunque las posibilidades de ascender al grupo de mayores recursos económicos son reducidas, estas varían de manera significativa entre territorios: son 2.5 veces mayores en las localidades que cuentan con centros de cuidado. Estos resultados muestran que la ausencia de corresponsabilidad por parte del Estado en la provisión de servicios de cuidado genera obstáculos adicionales para la movilidad social.
Si el objetivo es avanzar hacia un crecimiento económico más incluyente, la forma en que se organiza el cuidado no puede seguir siendo un asunto secundario, sino que debe reorganizarse para permitir que las personas aprovechen plenamente sus capacidades. Avanzar hacia un sistema de cuidados no es únicamente una política social, sino también una condición para ampliar las oportunidades de movilidad social. Garantizar el acceso efectivo a servicios y apoyos de cuidado, especialmente en los territorios y poblaciones con mayores necesidades, exige asumir la corresponsabilidad entre el Estado, el mercado, las comunidades y las familias. Solo así será posible aprovechar mejor el talento de la población y avanzar hacia un crecimiento económico más incluyente.
* Director Ejecutivo del CEEY. Columna publicada originalmente en Reforma el 15 de marzo de 2026.


